domingo, 4 de enero de 2009

¿Errores?


Se escucha el sonido de unos tacones, aparecen las curvas de una mujer en escena, simplemente tratando de sentarse en el mullido sofá. Lo hace relajadamente, se recuesta y se inclina de manera que queda hueco para otra silueta masculina que también se sienta en el sofá, cerca de ella, y se acomoda apoyándose en el pecho de ella, dado que la película les parece interesante a ambos.

Ella le pide permiso para acariciarle los cabellos, él mirándola a los ojos se lo concede. Pasan unos minutos, pero podrían haber pasado fácilmente varias horas, en silencio, y cuando ella lo escucha suspirar, le pregunta qué sucede. Él simplemente le dice que no se preocupe, pero que sus caricias le han provocado un escalofrío, la columna brillante que es su cuello de mujer se inclina en un ademán de asentimiento a su respuesta.

El hombre se remueve contra sus pechos, y le pide si por favor puede apartarse el suéter que lleva encima de la camisa, ya que le molesta en la oreja, ella se inquieta un poco, pero le dice que vale, aunque también le confiesa que la camisa lleva un pequeño bordado, y él, aunque molesto, vuelve a recostarse contra ella. Al cabo de un par de minutos ella lo ve moverse furioso contra la rosa de la camisa, y le comenta de taparla con una sábana o de, directamente, desabrocharla y que él se apoye en la suave superficie lisa del sujetador. Dada la confianza de los dos, se decantan por la segunda opción, de manera que ella, si no fuera por la cercanía de él, tendría frío.

Ella retoma la tarea de acariciarle el pelo, mientras él asciende la mano y comienza a acariciar el pecho de ella, intranquila da un respingo y él le pregunta si está molesta, tan cerca de sus labios que en vez de oírlo lo descifra por el susurro de su aliento. Ella, casi inmovilizada por la mirada tan masculina y penetrante que le observa los labios, responde, tímida y entrecortadamente, que no. Pero aún así, sus caricias la van haciendo estremecer cada vez que esos dedos, que ahora le parecen salvajemente alocados, la rozan.

Al final, la que suspira es ella y él, repitiendo la pregunta que antes hiciera ella, la interroga queriendo saber si está bien. Sus delicadas mejillas rojas por el momento se inclinan hacia arriba formando una sonrisa, y le responde acercándose un poco más, si es que eso era posible, que las venganzas con ella no sirven. Él, extrañado, le pregunta el motivo de sus palabras y ella, en silencio, acaba de cerrar el espacio que quedaba entre las bocas de ambos.

El hecho de que ella no lleve suéter y su camisa esté desabrochada, les pone las cosas más fáciles, él por su parte siempre ha querido sentirla, lo que todavía les da más facilidades. No pueden hacer ruido, la gente está durmiendo detrás, y ninguno quiere despertarlos, y eso todavía los incita más a besarse y acallar mutuamente los suspiros y gemidos del otro. Debido a eso tampoco quieren profundizar mucho más en esos descubrimientos que están haciendo ambos, pero las manos hablan por ellos, y se deslizan suavemente. Las de él, a sus pechos, las de ella a su pantalón.

Las manos de él dejan paso a sus labios, y ella estira su columna como su fuera un arco vibrante debido al palpitante placer que se acumula en sus pezones y empieza a bajar hacia su ombligo, él parece querer succionar su ser, y cuando ella le pide que por favor se detenga, que no puede más, él le susurra al oído: “Eres mejor que todo el chocolate del mundo”, y ella se abandona a sus labios y al cuerpo de ambos, porque sabe que él adora el chocolate, y que ella está convirtiéndose en su nueva adicción.
Las manos de ella, de nuevo, retoman la tarea de deshacerse del pantalón vaquero que las detiene, una vez lo logran, ella ve recompensadas sus esperanzas, allí se alza lo que busca su centro cerebral del placer. Lo que ambos saben que ocurrirá a partir de este momento, les asusta y les excita todavía más. Ella suavemente se introduce entre la ropa interior de él y su piel, y acaricia el bastón de jade que, acusadoramente, la señala como la próxima víctima de su cacería. Él suspira tan fuerte que ella se siente poderosa, y por ello se despide con una caricia, todavía más tenue, de su virilidad, y le besa los labios con furia, como indicándole, que ninguno de los dos puede frenar esa lujuria que se ha apoderado de la noche.

Ambos se levantan del sofá, y con cuidado de no hacer ruido y despertar a nadie, se dirigen a la habitación vacía que está al lado del comedor. Se reclinan hacia la cama y, antes de llegar a la mullida superficie, todo rastro de tejido entre ambos cuerpos ha desaparecido. Con suavidad, ambos se miran, se sonríen y comienzan de nuevo las caricias. Ella, ya sin miedo, gime ante el roce de la mano de él entre sus piernas, y la masculinidad de él se acerca con un movimiento de sus caderas anhelantes.

El preservativo lo pone ella con manos hábiles y desesperadas, y después, la primera acometida se acompaña de un gemido ronco de la garganta de él. Ambos saben que no les resta mucha distancia de las estrellas, y por ello se besan frenéticamente varias veces antes de saber que el aire empieza a faltarles, y que sólo deben mirarse a los ojos en ese momento crucial para ambos. Los gemidos y suspiros se suceden cada vez más rápido, hasta que al final, mientras ambos susurran el nombre del otro, viajan disparados a la Vía Láctea en un cohete blanco que despega con frenesí. Se dan un último beso, mientras se levantan y ambos van a lavarse después de la pasión que ha inundado el cuarto por un momento. Una vez arreglados, salen del dormitorio, y se dirigen de nuevo al sofá.

Se escucha el sonido de unos tacones, aparecen las curvas de una mujer en escena, simplemente tratando de sentarse en el mullido sofá. Lo hace relajadamente, se recuesta y se inclina de manera que queda hueco para otra silueta masculina que también se sienta en el sofá, cerca de ella, y se acomoda apoyándose en el pecho de ella, dado que la película les parece interesante a ambos, pero la película ha acabado hace rato, de modo que la ponen de nuevo, y se ríen de las canciones y movimientos de los personajes.

Ambos saben que no se gustan, que sólo son amigos, y que ese hecho no volverá a repetirse nunca, pero nunca es bueno decir que no repetirás los errores, y mucho menos cuando tu propio amigo, va a encubrirte y ayudarte a errar de nuevo.

2 comentarios:

Estamina dijo...

Genial mi pequeña, me ha encantado el relato, de verdad. Incluso me he sentido identificada jajaja

¿Ficción o realidad? Umm la cosa me intriga xD

Mil besos Lunita!

Neku dijo...

Uuuuuuuuuuuh.
Señorita Neku decidió pasarse por aquí, aunque tiene el blog 100% abandonado.
Y sí, me ha dado por leerlo todo.
Querida Mooon...
¿Por qué me suena -pero sin detalles- el texto?
._________________.
Juuuuuur...

Ya hablaremos¬¬
xD